Wednesday, December 13, 2006

Fauna ibérica


Son como setas. Las Maytes Zaldívares. Tintadas de rubio o con mechas, muy arregladas en sus dos kilos y medio de maquillaje, muy conjuntadas, muy enmoviladas, muy falsolouisvuittonadas. Y sobre todo, esa actitud prepotente de dar codazos en los aeropuertos, en las tiendas, en los supermercados, en cualquier parte para colarse mientras hacen ostentación de su educación y de su clase -porque es lo primero que gritan, su clase-. Nunca he oído hablar a la Zaldívar. Sólo la he visto en fotos, pero con su imagen me basta. Es una imagen clónica, repetida en miles de espejos de mujeres de cierta edad que en su día fueron Belenes Estébanes y que evolucionaron a más mecha, más pote y más mala hostia. Veo su foto y parece que la oigo hablar diciendo exactamente lo mismo que diría cualquier otra de los cientos de miles de Zaldívares.

Incluso aquí hay Zaldívares. Las reconozco enseguida, por la mirada, el gesto, y la forma de hablar, en voz alta siempre, avasallando todo lo que pueden. Hace unos días, en la Grand Place, en la chocolatería Godiva, una zaldívar hablaba en voz alta acaparando toda la atención del vendedor y los allí presentes. No hablaba nada de inglés ni de francés, y en un español bronco le decía al vendedor, que "casualmente" era español, que le pusiera unas trufas que había comprado, envasadas en bolsita transparente de plástico, en una cajita dorada de esas tan monas y glamourosas que tiene Godiva. El dependiente, educadísmo, con una paciencia a pruebas de bombas para aguantar acaparamientos allá que fue a presentar en una cajita de marca las trufas- también de marca- que la señora había comprado en plástico para ahorrarse quizás un euro del envase. Y para eso se tiró media falsaenlouisvuittonada hora preguntando sobre los precios de todas las cajas de bombones mientras los demás, mucho más decididos a no abusar de paciencias, habíamos elegido ya nuestras cajitas, sin tanto miramiento -todos los bombones Godiva están muy buenos, la verdad, aunque no sean los que más me gustan porque prefiero otras marcas más locales- y esperábamos que terminara de una vez. Como colofón llegó un grupo turístico de chinos que se metieron en la tienda a empujones como si fuera el metro y cogían saltando con mucha agilidad y una pésima educación para los comprimidos compradores que íbamos delante las chocolatinas, que, cual si se tratase de los caramelos de la Cabalgata de Reyes, les tiraba el guía. Áquello era la selva. La horterez de los nuevos ricos manchures, yendo todos en manada a comprar lo que "se debe" comprar y la horterez recia con mechas de la zaldívar entrufada. Yo comprimida en medio y sin poder salir. Me entró la risa de lo absurdo mientras los chinos seguian saltando a lo suyo e importándoles un cuerno algo que no fueran las ansiadas chocolatinas y la zaldívar comprimida pugnaba por coger su cajita tramposilla con las trufas. Salimos empujando a los chinos con decisión -cuidado que eran chinos grandes, porque eran manchures- y ya fuera comentábamos lo absurdo de la situación. Puntualizo que yo entré con mi suegra y que fuera me esperaban mi hija y mi marido. Para mi sorpresa, mi suegra, que ya está mayor, le había robado unas chocolatinas a los chinos, y ahí ya sí que empecé a reírme a carcajadas. Mi suegra tiene reflejos que me sorprenden en una señora de su edad, tan culta y educada. Siegue siendo más rápida que el rayo y ya sé de dónde viene la energía de mi hija, que me tiene machacadita viva.

Y bueno, que me pierdo. Sigamos con las zaldívares falsoenlouisvuittonadas. Son ejemplares de la fauna hispánica. Aquí existen las Magalís, que te dan la puñalada trapera muy finamente, con una sonrisa envuelta en papel celofán, una voz dulce y unas fórmulas de cortesía tan absolutamente correctas, educadas e incluso cursis, que las señoritas románticas que se desmayaban en el XIX parecerían porqueras a su lado. No tienen tanta pasión por las marcas falsas y visten a la moda, pero con discreción. Cuidadas, pero nunca excesivas. A veces, demasiado sosas, demasiado sin nervio, sin color. Y como contraposición las Gerdas, que se cortan el pelo muy corto, no se cuidan nada, no aprovechan su femineidad, y con la excusa de la sinceridad se permiten una asombrosa mala educación que raya en la intromisión en lo personal. Son así como regañonas y muy cuidadosas de las normas, los horarios, las exigencias... Las Magalís tiran más al modelo francesito y las Gerdas a lo germánico-holandés. Y luego están las autóctonas ratoncitas, como mi vecina, que sí, que finalmente está embarazada. La llamo ratoncita- con cariño, que me cae bien- porque tiene algo de ratoncilla en su madriguera. Es guapa, de una guapura rubeniana, y como otras chicas parecidas a ella en estilo de vida y aspecto físico, lleva unas gafas que no sabría como definir pero que le dan el aura ratoncita. No se maquilla, va a la moda un poco pechugoncilla pero sin pasarse y en general viste bien, y no cuida su dieta ni parece dedicarle a su belleza demasiado tiempo.

Las zaldívares, no existen por aquí como fauna autóctona, aunque sí las hay importadas. De repente las oyes, hablando muy alto, ordenado algo a alguien, organizando algo, protestando por alguna chorrada surrealista que las indigna enormemnte y quejándose del clima de este país -es que la lluvia corre el pote y la pelu les dura dos horas, no toda la semana. Siempre con el falso Louis Vuitton, el falso Burberry, y el móvil que me imagino que también debe ser falso. Yo veo una y salgo huyendo mientras cruzo los dedos para no salirme de la acera y chocarme con alguna Gerda -aunque para estas vicisitudes tengo seguro de responsabilidad civil, que aquí denuncian por esas cosas-. Pronto voy a Madrid, el hábitat natural de esta prolífera fauna y me pregunto cómo me las ingeniaré para zafarme.

Y menos mal, que entre este compendio de generalizaciones de estilos, existen también muchas mujeres que no se pueden catalogar ni clasificar porque simplemente son ellas. Menos mal. La biodiversidad de la fauna continúa pese a la invasión del mejillón cebra.

Monday, December 4, 2006

La patata caliente







Yo iba a pedirle un favor. Lo habíamos hablado ya por teléfono y ella dijo que sí, que naturalmente, que firmaría como testigo ante el notario. Me iba a dar una copia de su DNI para que yo la entregase en la notaría.

Aún recuerdo el portal de su casa, oscuro y envejecido, de estos portales que un día fueron también galerías comerciales en unos decrépitos setenta. Decadencia de sueños acabados. Tirso de Molina, creo, cerca de un teatro que ahora no recuerdo cómo se llama. Sin embargo, frente al portal de patético presente y peor futuro en el que, por la noche, dormían los drogatas tirados de cualquier forma, su casa era un nido tan acogedor como las moradas de las abuelitas de los cuentos. Me abrió con ansiedad y se me abrazó sollozando casi. Me dijo lo contenta que estaba de que viniera a verla e hipando me quitó el abrigo, me ofreció un café, me dijo que me sintiera como en mi casa, me dió un escabel para que reposara mis pies, me quitó una lámpara de encima del sillón orejero donde me instaló para que no me molestara y poco le faltó para traerme el periódico y las zapatillas con los dientes. Era todo tan hogar. Las tapicerías cálidas, el orden, la limpieza, la precisión de los ganchillos en los respaldos de los sillones, el piano de cola brillante, las cortinas cuidadosamente recogidas reflejándose en un parquet pulido y tan brillante como un espejo. Ni una mota de polvo, ni un mísero papel en desorden. Creo que no había visto un hogar tan cálido en mi vida.

Fue a un por un café a la cocina. Le ofrecí ayuda, pero inistió en que no me molestara, que descansara. Me lo trajo en una taza con su platito y un servilletita de papel. Me lo dió. Y nada más dármelo me dijo: "Uy, que está muy caliente, te vas a quemar, espera que le eche un poco de leche y lo enfrío un poco". Y se lo llevó de nuevo ante mis protestas educadas. Me lo volvió a traer y me lo entregó de nuevo muy preocupada por si le había echado suficiente azúcar o no. Le dije que no importaba. Con el café en mis manos y dispuesta a darle un sorbo ella volvió a preocuparse. "Está demasiado frío, dámelo que te lo caliento un poco" Y ante mis nuevas protestas, ella, todo cariño y atención, volvió a llevarse mi café para calentarlo. Me lo volvió a traer y me lo entregó esperando que esta vez el café estuviese "a mi gusto". Lo cogí y derramé un poco de café en la taza. "Uy, que te vas a manchar, espera que me llevo el café y te lo cambio de taza". Ahí ya yo no quería café. Quería que se sentara un rato conmigo y hablásemos de cosas triviales y luego me diera la copia de mi DNI antes de irme. Cosa de veinte minutos media hora a lo sumo. Como necesitaba hablar con ella, me levanté y la acompañe a la cocina ante sus airadas protestas, ya que ella deseaba que yo descansara en el sillón con mis pies sobre el escabel. Allí, aparte de cambiar de taza al desgraciado café, me ofreció una patata asada en el microondas, ya que ella se había asado una. Le dije que no, que muchas gracias -no me atraía mucho el manjar- pero inistió hasta la saciedad en ofrecerme una patata asada y al final cedí. Del café se olvidó. Sacó una patata del microondas y me la dió en un platito. "Uy, espera, que te vas a quemar". Y me la quitó. La paseó un poco y me la volvió a dar. "Sigue muy caliente, hija, perdona, qué mala cabeza tengo para estas cosas" y se desesperó arrebatándome de nuevo la patata. Como seguía muy caliente, me ofreció la suya, que estaba un poco más fría. Yo le decía, de mil maneras que no se molestra, que había comido, que no se preocupara, que no sufriera. Y ella sufría. Ya con su patata en el plato, ella se dió cuenta de que podía estar muy fría, por lo que me la volvió a quitar para volver a calentarla. Y ahí ya yo perdí la peciencia y, en su propia casa, me erigí como coronela obligandola con firmeza "educada" pero infexible -como si la hubiera cogido de la oreja, aunque sólo con palabras- a que nos fuéramos al salón.

Problema. Tanto sobeteo a la patata me daba asco. Soy muy escrupulosa, sí, así que tuve que hacer un esfuerzo de contener las arcadas ante la patata caliente que tenía que comerme para que ella estuviera contenta. Sentadas, frente a frente en dos sillones orejeros confortables y cuidados hasta la saciedad, parecía ya un poco más feliz aunque seguia estando preocupada por la temperatura de la patata. Y ahí, entre arcadas, patatas calientes y un café frío y olvidado, fue cuando ella encendió el vídeo. Emocionada me dijo "Casablanca, me la sé de memoria" Y me la puso. Repetía los diálogos como un loro y se emocionaba hasta el llanto. Y yo, claro, esperando el momento adecuado entre lágrimas y emociones para pedirle una prosáica copia de su DNI. Había pasado más de una hora y seguía yo allí, con los pies en el escabel, viendo Casablanca mientras ella me ofecía cafés, y tés que yo rechazaba vista la complicación que suponía. Y de vez en cuando se me acercaba emocionada y me decía que ella era muy cariñosa y necesitaba mucho cariño.

No, no era lesbiana aunque algunos conocidos lo decían. A pesar de su aspecto de beata casi opusiana había tenido un amante durante muchos años, con el que incluso llegó a convivir. Debió matarlo de estress, de atenciones, de cariño, de calentarle el café y enfriarle las patatas, de ponerle los pies sobre el escabel, de enfundarlo en tapetes de ganchillo. Eso es letal. Yo deseaba escaparme de allí con todas mi fuerzas y jamás me había parecido Casablanca tan estúpida, banal y ridícula como aquella tarde. "Tócala otra vez, Sam", dijo repitiendo el diálogo emocionada. Y se puso a cantar la canción. Ahí ya no pude más e interrumpí su disfrute con mi premura. Le dije que no tenía ya más tiempo, que me tenía que ir, y ante sus protestas e insistencias en que me quedara más tiempo, al ver que se había olvidado del motivo de mi vista le recordé , un poco avergonzada, el asunto del notario. Se levantó y me dió una copia. Su rostro era la tristeza. Me suplicó que me quedara más tiempo, me lo volvió a suplicar otra vez y otra vez más mientras me acompañaba a la puerta. Y yo me preguntaba para qué me quería allí, si no hablaba conmigo y lo único que hacía era repetir los diálogos amorosos de Bergman y Bogart. Me conocía desde hacía años- achuchones, abrazos, saludos apresurados y emociones muy emotivas por su parte-, pero realmente, nunca habíamos hablado de nada. No sabía quién era yo aparte de que era hija de, y que estudiaba tal. Y es posible que tampoco le interesara saber quién era yo. Ante su insistencia, mis deseos de largarme de una vez eran cada vez más presurosos. Cuando, ya en la puerta, había conseguido por fin zafarme de ella casi -labor difícil y compleja sin caer en la mala educación o en la violencia- y me despedía con dos besos, Dolores se me abrazó casi llorando con ese abrazo compulsivo que dan las emociones que no son compartidas. "Ven a verme más, por favor. Estoy tan sola". Y mientras me la quitaba, literalmente, de encima, cual lapa adosada a mi espalda no pude evitar sentirme culpable de irme.

El portal, oscuro, estaba ocupado por un par de zombies drogatas que ahora no me preocupabna lo más mínimo. Yo era feliz. Tanto, como un preso que acaba de salir de la cárcel. Ni siquiera la culpabilidad de abandonarla en su tristeza pudo con la inestimable sensación de correr por Tirso de Molina con una fotocopia de su DNI, cual presa, en el bolsillo.