
Son como setas. Las Maytes Zaldívares. Tintadas de rubio o con mechas, muy arregladas en sus dos kilos y medio de maquillaje, muy conjuntadas, muy enmoviladas, muy falsolouisvuittonadas. Y sobre todo, esa actitud prepotente de dar codazos en los aeropuertos, en las tiendas, en los supermercados, en cualquier parte para colarse mientras hacen ostentación de su educación y de su clase -porque es lo primero que gritan, su clase-. Nunca he oído hablar a la Zaldívar. Sólo la he visto en fotos, pero con su imagen me basta. Es una imagen clónica, repetida en miles de espejos de mujeres de cierta edad que en su día fueron Belenes Estébanes y que evolucionaron a más mecha, más pote y más mala hostia. Veo su foto y parece que la oigo hablar diciendo exactamente lo mismo que diría cualquier otra de los cientos de miles de Zaldívares.
Incluso aquí hay Zaldívares. Las reconozco enseguida, por la mirada, el gesto, y la forma de hablar, en voz alta siempre, avasallando todo lo que pueden. Hace unos días, en la Grand Place, en la chocolatería Godiva, una zaldívar hablaba en voz alta acaparando toda la atención del vendedor y los allí presentes. No hablaba nada de inglés ni de francés, y en un español bronco le decía al vendedor, que "casualmente" era español, que le pusiera unas trufas que había comprado, envasadas en bolsita transparente de plástico, en una cajita dorada de esas tan monas y glamourosas que tiene Godiva. El dependiente, educadísmo, con una paciencia a pruebas de bombas para aguantar acaparamientos allá que fue a presentar en una cajita de marca las trufas- también de marca- que la señora había comprado en plástico para ahorrarse quizás un euro del envase. Y para eso se tiró media falsaenlouisvuittonada hora preguntando sobre los precios de todas las cajas de bombones mientras los demás, mucho más decididos a no abusar de paciencias, habíamos elegido ya nuestras cajitas, sin tanto miramiento -todos los bombones Godiva están muy buenos, la verdad, aunque no sean los que más me gustan porque prefiero otras marcas más locales- y esperábamos que terminara de una vez. Como colofón llegó un grupo turístico de chinos que se metieron en la tienda a empujones como si fuera el metro y cogían saltando con mucha agilidad y una pésima educación para los comprimidos compradores que íbamos delante las chocolatinas, que, cual si se tratase de los caramelos de la Cabalgata de Reyes, les tiraba el guía. Áquello era la selva. La horterez de los nuevos ricos manchures, yendo todos en manada a comprar lo que "se debe" comprar y la horterez recia con mechas de la zaldívar entrufada. Yo comprimida en medio y sin poder salir. Me entró la risa de lo absurdo mientras los chinos seguian saltando a lo suyo e importándoles un cuerno algo que no fueran las ansiadas chocolatinas y la zaldívar comprimida pugnaba por coger su cajita tramposilla con las trufas. Salimos empujando a los chinos con decisión -cuidado que eran chinos grandes, porque eran manchures- y ya fuera comentábamos lo absurdo de la situación. Puntualizo que yo entré con mi suegra y que fuera me esperaban mi hija y mi marido. Para mi sorpresa, mi suegra, que ya está mayor, le había robado unas chocolatinas a los chinos, y ahí ya sí que empecé a reírme a carcajadas. Mi suegra tiene reflejos que me sorprenden en una señora de su edad, tan culta y educada. Siegue siendo más rápida que el rayo y ya sé de dónde viene la energía de mi hija, que me tiene machacadita viva.
Y bueno, que me pierdo. Sigamos con las zaldívares falsoenlouisvuittonadas. Son ejemplares de la fauna hispánica. Aquí existen las Magalís, que te dan la puñalada trapera muy finamente, con una sonrisa envuelta en papel celofán, una voz dulce y unas fórmulas de cortesía tan absolutamente correctas, educadas e incluso cursis, que las señoritas románticas que se desmayaban en el XIX parecerían porqueras a su lado. No tienen tanta pasión por las marcas falsas y visten a la moda, pero con discreción. Cuidadas, pero nunca excesivas. A veces, demasiado sosas, demasiado sin nervio, sin color. Y como contraposición las Gerdas, que se cortan el pelo muy corto, no se cuidan nada, no aprovechan su femineidad, y con la excusa de la sinceridad se permiten una asombrosa mala educación que raya en la intromisión en lo personal. Son así como regañonas y muy cuidadosas de las normas, los horarios, las exigencias... Las Magalís tiran más al modelo francesito y las Gerdas a lo germánico-holandés. Y luego están las autóctonas ratoncitas, como mi vecina, que sí, que finalmente está embarazada. La llamo ratoncita- con cariño, que me cae bien- porque tiene algo de ratoncilla en su madriguera. Es guapa, de una guapura rubeniana, y como otras chicas parecidas a ella en estilo de vida y aspecto físico, lleva unas gafas que no sabría como definir pero que le dan el aura ratoncita. No se maquilla, va a la moda un poco pechugoncilla pero sin pasarse y en general viste bien, y no cuida su dieta ni parece dedicarle a su belleza demasiado tiempo.
Las zaldívares, no existen por aquí como fauna autóctona, aunque sí las hay importadas. De repente las oyes, hablando muy alto, ordenado algo a alguien, organizando algo, protestando por alguna chorrada surrealista que las indigna enormemnte y quejándose del clima de este país -es que la lluvia corre el pote y la pelu les dura dos horas, no toda la semana. Siempre con el falso Louis Vuitton, el falso Burberry, y el móvil que me imagino que también debe ser falso. Yo veo una y salgo huyendo mientras cruzo los dedos para no salirme de la acera y chocarme con alguna Gerda -aunque para estas vicisitudes tengo seguro de responsabilidad civil, que aquí denuncian por esas cosas-. Pronto voy a Madrid, el hábitat natural de esta prolífera fauna y me pregunto cómo me las ingeniaré para zafarme.
Y menos mal, que entre este compendio de generalizaciones de estilos, existen también muchas mujeres que no se pueden catalogar ni clasificar porque simplemente son ellas. Menos mal. La biodiversidad de la fauna continúa pese a la invasión del mejillón cebra.
Incluso aquí hay Zaldívares. Las reconozco enseguida, por la mirada, el gesto, y la forma de hablar, en voz alta siempre, avasallando todo lo que pueden. Hace unos días, en la Grand Place, en la chocolatería Godiva, una zaldívar hablaba en voz alta acaparando toda la atención del vendedor y los allí presentes. No hablaba nada de inglés ni de francés, y en un español bronco le decía al vendedor, que "casualmente" era español, que le pusiera unas trufas que había comprado, envasadas en bolsita transparente de plástico, en una cajita dorada de esas tan monas y glamourosas que tiene Godiva. El dependiente, educadísmo, con una paciencia a pruebas de bombas para aguantar acaparamientos allá que fue a presentar en una cajita de marca las trufas- también de marca- que la señora había comprado en plástico para ahorrarse quizás un euro del envase. Y para eso se tiró media falsaenlouisvuittonada hora preguntando sobre los precios de todas las cajas de bombones mientras los demás, mucho más decididos a no abusar de paciencias, habíamos elegido ya nuestras cajitas, sin tanto miramiento -todos los bombones Godiva están muy buenos, la verdad, aunque no sean los que más me gustan porque prefiero otras marcas más locales- y esperábamos que terminara de una vez. Como colofón llegó un grupo turístico de chinos que se metieron en la tienda a empujones como si fuera el metro y cogían saltando con mucha agilidad y una pésima educación para los comprimidos compradores que íbamos delante las chocolatinas, que, cual si se tratase de los caramelos de la Cabalgata de Reyes, les tiraba el guía. Áquello era la selva. La horterez de los nuevos ricos manchures, yendo todos en manada a comprar lo que "se debe" comprar y la horterez recia con mechas de la zaldívar entrufada. Yo comprimida en medio y sin poder salir. Me entró la risa de lo absurdo mientras los chinos seguian saltando a lo suyo e importándoles un cuerno algo que no fueran las ansiadas chocolatinas y la zaldívar comprimida pugnaba por coger su cajita tramposilla con las trufas. Salimos empujando a los chinos con decisión -cuidado que eran chinos grandes, porque eran manchures- y ya fuera comentábamos lo absurdo de la situación. Puntualizo que yo entré con mi suegra y que fuera me esperaban mi hija y mi marido. Para mi sorpresa, mi suegra, que ya está mayor, le había robado unas chocolatinas a los chinos, y ahí ya sí que empecé a reírme a carcajadas. Mi suegra tiene reflejos que me sorprenden en una señora de su edad, tan culta y educada. Siegue siendo más rápida que el rayo y ya sé de dónde viene la energía de mi hija, que me tiene machacadita viva.
Y bueno, que me pierdo. Sigamos con las zaldívares falsoenlouisvuittonadas. Son ejemplares de la fauna hispánica. Aquí existen las Magalís, que te dan la puñalada trapera muy finamente, con una sonrisa envuelta en papel celofán, una voz dulce y unas fórmulas de cortesía tan absolutamente correctas, educadas e incluso cursis, que las señoritas románticas que se desmayaban en el XIX parecerían porqueras a su lado. No tienen tanta pasión por las marcas falsas y visten a la moda, pero con discreción. Cuidadas, pero nunca excesivas. A veces, demasiado sosas, demasiado sin nervio, sin color. Y como contraposición las Gerdas, que se cortan el pelo muy corto, no se cuidan nada, no aprovechan su femineidad, y con la excusa de la sinceridad se permiten una asombrosa mala educación que raya en la intromisión en lo personal. Son así como regañonas y muy cuidadosas de las normas, los horarios, las exigencias... Las Magalís tiran más al modelo francesito y las Gerdas a lo germánico-holandés. Y luego están las autóctonas ratoncitas, como mi vecina, que sí, que finalmente está embarazada. La llamo ratoncita- con cariño, que me cae bien- porque tiene algo de ratoncilla en su madriguera. Es guapa, de una guapura rubeniana, y como otras chicas parecidas a ella en estilo de vida y aspecto físico, lleva unas gafas que no sabría como definir pero que le dan el aura ratoncita. No se maquilla, va a la moda un poco pechugoncilla pero sin pasarse y en general viste bien, y no cuida su dieta ni parece dedicarle a su belleza demasiado tiempo.
Las zaldívares, no existen por aquí como fauna autóctona, aunque sí las hay importadas. De repente las oyes, hablando muy alto, ordenado algo a alguien, organizando algo, protestando por alguna chorrada surrealista que las indigna enormemnte y quejándose del clima de este país -es que la lluvia corre el pote y la pelu les dura dos horas, no toda la semana. Siempre con el falso Louis Vuitton, el falso Burberry, y el móvil que me imagino que también debe ser falso. Yo veo una y salgo huyendo mientras cruzo los dedos para no salirme de la acera y chocarme con alguna Gerda -aunque para estas vicisitudes tengo seguro de responsabilidad civil, que aquí denuncian por esas cosas-. Pronto voy a Madrid, el hábitat natural de esta prolífera fauna y me pregunto cómo me las ingeniaré para zafarme.
Y menos mal, que entre este compendio de generalizaciones de estilos, existen también muchas mujeres que no se pueden catalogar ni clasificar porque simplemente son ellas. Menos mal. La biodiversidad de la fauna continúa pese a la invasión del mejillón cebra.


