
Durante meses estará de moda. Se hablará de ella en todos lados, se contarán sus supuestas verdades más íntimas hasta el mareo e incluso se seguirá la moda Edie Sedgwick con corte de pelo igual, vestuario, poses. Un icono. Otro icono más de joven drogadicta que no se aguanta y o bien se suicida porque no puede más, o bien se pasa con la dosis un día que intenta olvidarse por un rato de quién es.
Son iconos de éxito, porque son guapos, famosos, con dinero y con ese punto de desgracia negra que tanto morbo da y excita nuestra imaginación con leyendas románticas. Si, además, hay historias escabrosillas de sexo lésbico, pentasexual o con extraterrestres, mejor, es un plus. Y son iconos mucho más potentes que los iconos clásicos triunfadores estilo "sueño americano" como podría ser el inflado Swarzenneger, que pretende vender una vida perfecta y todopoderosa. Sí, puede más un drogata muerto malamente como Kurt Cobain que Schwarzenneger. Tiene ese punto de abismo que gusta tanto, esa desgracia que gusta tanto.
Y creo que es porque a esos iconos se los odia tanto como se los ama. Y que, a pesar de su éxito, su estilo, su genialidad o belleza, sean unos auténticos desgraciados nos reconcilia con ellos. Se equilibra la balanza de tal modo que puede el amor porque se ven frágiles, tan delicados, tan dignos de compasión que su éxito parece mucho más digerible e incluso es deseable como contraposición a tantas desgracias como les ocurren.
Y la pose. Ésas poses. Queda la pose a imitar. Bellas fotos, imágenes de lo que fueron en algún momento y que su fotogenia permitió que fuera captada. Eran así, claro, a veces, cuando no estaban vomitando o cuando no se pinchaban. tenían sus momentos bellos, y de talento, y de risa incluso. Seguro que hasta Cobain se reía alguna vez.
El problema es que se imita la pose, pero no sólo la pose - que puede estar muy bien para ligar eso de ir de interesante, moderno y tal - sino el abismo. Se valora el abismo tanto como la pose, quizás, en un intento de ser profundo y quedar para la posteridad por la profundidad de los sentimientos propios -que suelen ser tan profundos como los sentimientos de cualquier persona, ya que todo Cristo tiene sentimientos y hasta Rossini lloró una vez que se le cayó un pavo trufado al gua cuando lo paseaban en una góndola-. Y los abismos... Mejor no convertirlos en iconos. Por eso, aunque no he visto Factory Girl ni creo que pueda ir a verla dada mi imposibilidad de ir al cine, desconfío. No me gusta que se lancen los iconos abismales como modas. Hay personas, que, por diversas causas -adolescencia, depresión, búsqueda de identidad, búsqueda de éxito y reconocimiento-, adoptan esos abismos ajenos -con esas poses tan in- como propios.

